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Daniel García Andújar: 'El capital. La mercancía. Guilloché', 2015 [detalle]

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Entrevista Isabel Oliver - 01
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2026/10/29

Isabel Oliver. El pincel como aguja

Pionera del arte feminista en España, Isabel Oliver (Valencia, 1946) inicia su carrera a principios de la década de 1970. Desde los primeros trabajos que realiza en el estudio de Equipo Crónica, colectivo con el que llegó a trabajar como asistente, Oliver encuentra en la pintura política una «trinchera» a través de la que, en palabras de Isabel Tejada, denunciar «la marginación legislativa y el control de las mujeres y de sus cuerpos por parte del Estado franquista». Ejemplo de ello son las obras que se han incluido en El plano flexible: dos pinturas sobre lienzo y bastidores de bordado en las que imita la técnica de punto de cruz y muestra su rechazo a las imposiciones, restricciones y encorsetamientos que sufrían las mujeres durante el franquismo.

Una de estas pinturas, N.º 34 (1975), forma parte de la Colección Banco de España. Se trata de una de las tres piezas que conforman su serie La mercantilización del arte, donde Oliver realiza una crítica a la especulación y a las condiciones precarias de producción de los artistas, especialmente en el caso de las mujeres, a las que en esos años les resultaba casi imposible acceder al mercado y, por tanto, vivir profesionalmente de pintar. La otra obra, cedida por el Museo Nacional Centro de Arte Reina SofíaAbre en nueva ventana, pertenece a su serie De profesión: sus laboresAbre en nueva ventana (1972 - 1974), y en ella la artista desarrolla una instalación basada en la repetición de un mismo paisaje reproducido en múltiples bastidores que simulan bordados.

Hemos realizado una entrevista a Isabel Oliver en la que, entre otras cosas, le preguntamos por estas dos obras, por el vínculo que se puede establecer entre ellas y otros trabajos que ha llevado a cabo, por su relación con el arte textil o por las impresiones que le ha causado la exposición. Es la primera entrega de una serie de entrevistas que publicaremos con algunas de las artistas que participan en esta muestra que puede visitarse en la sala de exposiciones de la sede central de Cibeles del Banco de España hasta el 28 de marzo de 2027. 

En tus obras incluidas en El plano flexible utilizas como soporte bastidores de bordado e imitas la técnica del punto de cruz. Como señala Isabel Tejeda, esta elección no es arbitraria, sino que forma parte esencial del significado de ambas piezas. En este sentido, lo primero que nos gustaría saber es cuál ha sido tu relación con la práctica textil, tanto en tu trayectoria artística como en tu experiencia vital.

Las obras que se presentan no son bordados. No son piezas textiles en sentido estricto, sino pinturas que representan bordados. Por mi propia trayectoria biográfica, la relación que he mantenido con la práctica textil ha sido una relación traumática. En España, a las mujeres de mi generación nos obligaban a bordar todas las tardes. Y eso era algo contra lo que me rebelé desde muy pronto, pues pensaba que con esa actividad lo que hacían era escatimarnos el aprendizaje de las cosas que realmente importaban.

Entre las materias que se impartían en la Escuela de la Bauhaus, paradigma de la modernidad, se incluían talleres de tejidos, pero eso no implicó que el textil dejara de concebirse como una mera artesanía. De hecho, todas las figuras más representativas de este movimiento, lo que yo llamo los «divinos» de la Bauhaus —todos ellos, no casualmente, hombres—, se dedicaron a otras disciplinas, como la escultura, la arquitectura o la pintura, que consideraban disciplinas artísticas en mayúsculas. Una consideración que no tenían respecto al trabajo textil. El textil era la actividad que se dejaba en manos de las mujeres para que sintieran integradas, pero siguieran ocupando una posición secundaria.

Y yo no quería ocupar una posición secundaria. Por eso sentía un profundo rechazo hacia la práctica textil, que me parecía una práctica impuesta. Una actividad que debía hacer por el mero hecho de ser mujer, mientras se me vetaba el aprendizaje y el acceso a las cosas que de verdad me interesaban.

Isabel Oliver: Nº 34. De la serie: La mercantilización del arte, 1975. Acrílico sobre lienzo. 82 x 104 cm. Colección Banco de España

Isabel Oliver: Nº 34. De la serie: La mercantilización del arte, 1975. Acrílico sobre lienzo. 82 x 104 cm. Colección Banco de España.

¿Se podría decir entonces que en tu caso, el uso y la re-apropiación del textil tiene un componente no solo crítico, sino también irónico?

Sí, lo tiene. Como comentaba antes, yo en estas obras no bordo, sino que pinto. Dentro de la serie de De profesión: sus labores, hay un cuadro que titulé Yo lo que quiero es pintar. Un título con el que mostraba mi rechazo al hecho de que a las mujeres de mi generación no nos preguntaron jamás qué es lo que queríamos ser y hacer, qué era lo que realmente nos gustaba. Nos educaron de una forma dictatorial y tuvimos que someternos a la formación modelada por la Sección Femenina de Falange, que lo único que buscaba era adiestrarnos para ser buenas madres y buenas esposas. Y en esa formación la enseñanza textil jugaba un papel fundamental.

Porque yo lo que quería, como explicitaba el título del cuadro que acabo de citar, era pintar. Reivindicaba mi derecho a ser lo que quería ser, no aquello para lo que supuestamente, como mujer, estaba predestinada. En esa obra lo que hago es autorretratarme como si fuera Velázquez en Las Meninas, mientras a mi lado aparecen una serie de bastidores de bordar saliendo expulsados por una ventana. Una imagen que representa el deseo de liberarme de algo que me habían impuesto contra mi voluntad. 

Aunque de una manera diferente al seguido por otras artistas contemporáneas presentes en la muestra, se puede decir que en estas obras te re-apropias del arte textil para introducir un discurso político y de género. Pero además lo haces sirviéndote de un género pictórico, el paisaje, que a priori podría parecer poco adecuado para articular una crítica feminista...

En mis dos obras expuestas en El plano flexible, el feminismo se manifiesta porque decido pintar estos cuadros incorporando bastidores de bordado y representando la técnica del punto de cruz. Y el hecho de introducir la pincelada en una cuadrícula de hoja de contabilidad o de recrear un bordado a través de una pintura, suponía en esos años un gesto provocador.

Pero el paisaje en sí, como género pictórico, no me interesa. No en vano, siempre repito los mismos paisajes y nunca me recreo en ellos. Los utilizo porque es un motivo neutro, asociado a lo contemplativo. Un motivo que podríamos describir como despolitizado, igual que el bodegón. A mí justamente lo que me interesa es tomarlo como excusa para introducir un discurso de otro tipo. En los trabajos que se presentan en la exposición ese discurso se articula no solo a través de la imitación del punto de cruz, sino también a través de la incorporación, como parte de la obra, de bastidores de bordar. De esos bastidores que a las niñas del franquismo nos regalaban por Navidad para educarnos en «nuestras labores».

Isabel Oliver: De profesión: sus labores, 1972 - 1974. Pintura: óleo sobre lienzo. 74,5 x 94 cm.  Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Isabel Oliver: De profesión: sus labores, 1972 - 1974. Bastidores: Acrílico sobre tela y madera (dimensiones variables). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Isabel Oliver: De profesión: sus labores, 1972 - 1974. Pintura: óleo sobre lienzo. 74,5 x 94 cm. | Bastidores: Acrílico sobre tela y madera (dimensiones variables). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

¿Qué continuidades y diferencias encuentras entre estas dos obras y tus pinturas anteriores que agrupas bajo el título genérico de La mujer, gestadas en el estudio de Equipo Crónica, un colectivo al que estuviste vinculada en los inicios de tu carrera?

Mi relación con Equipo Crónica se fragua a principios de la década de 1970, cuando tras finalizar la carrera de Bellas Artes me permiten trabajar en su estudio. Es allí donde empiezo a pintar los primeros cuadros de la serie La mujer, pero en realidad no todos los hice allí; muchos ya los realizo en mi propio estudio. En todo caso, creo que las obras de esta serie no están muy conectadas con las propuestas de Equipo Crónica, más allá de compartir una mirada crítica en torno a la situación del país .

Sea como sea, lo que yo estaba pintando en ese momento no se entendía. Fue rechazado por la escena artística de la época que era profundamente misógina y patriarcal. Mis cuadros se consideraban despectivamente como cuadros para mujeres, como obras «demasiado» feministas que no tenían cabida en el mercado. A pesar de ese rechazo, yo sigo insistiendo en esa línea de trabajo porque siento que es lo que quiero y tengo que hacer. En este sentido, siempre he reivindicado —lo reivindicaba entonces y lo sigo reivindicando ahora— que yo hago lo que quiero hacer, que no me pliego a lo que me dictan. Aunque eso implique que me dé de bruces con una realidad completamente en contra.

La serie De profesión: sus labores y la anterior —o simultánea— de El juego, constituyen una continuidad natural de la serie La mujer. Son series que nacen como una respuesta a ese poso de opresiones, obligaciones e imposiciones que teníamos las mujeres en el franquismo. No en vano, su título, De profesión: sus labores, surge como una crítica a esa identidad que se nos asignaba por defecto a las mujeres en el DNI durante el franquismo. Poner que una mujer se dedicaba a sus labores era una forma de decir que podía hacer de todo, pero que lo haría sin cobrar.   

Isabel Oliver: Yo lo que quiero es pintar, 2020. Técnica mixta sobre lienzo. 125 x 157. Colección particular. 

Isabel Oliver: Yo lo que quiero es pintar, 2020. Técnica mixta sobre lienzo. 125 x 157. Colección particular. 

Una de las ideas que se plantea en la muestra es que hay que desbordar la consideración del textil como mera técnica u ornamento, atendiendo a su dimensión funcional y representativa. A este respecto, ¿en qué medida en estas dos piezas la recreación del bordado en punto de cruz te sirvió para poder vincular la crítica feminista, tan presente siempre en tu obra, con una reflexión en torno a las condiciones materiales del arte y a las posibilidades de expandir el campo de lo pictórico?

Sí, se puede interpretar como una herramienta para realizar esa conexión. Pero insisto, mi reapropiación de la práctica textil se hace desde el rechazo. No hay una recuperación nostálgica ni una reivindicación propositiva. En la serie La mercantilización del arte se plantea esa crítica de las condiciones materiales del arte y se explora esa ampliación de lo pictórico, pero no en abstracto o de una manera genérica, sino como una denuncia concreta de la marginación de las mujeres en el mercado del arte.

Desde muy pronto me di cuenta de que yo, por ser mujer, no podía vivir profesionalmente de la pintura. Como sí podían, aunque fuera precariamente, otros compañeros varones. Mis obras no se vendían. El mercado no estaba dispuesto a aceptar a las mujeres artistas, y mucho menos a las mujeres artistas que no estuvieran realizando el tipo de obras decorativas que se asociaba con ellas, esto es, obras bonitas que hicieran juego con el sofá.

En la serie La mercantilización del arte planteo que cuando el dinero entra en juego, puedes perder tu libertad expresiva; tu pincelada se deforma porque tienes que plegarte a lo que el mercado te exige. Podían llegarte a pedir, por ejemplo, que tal cuadro lo hiciera en tonos rosas. Como reacción a esa dinámica, lo que decido es utilizar hojas de contabilidad sobre las que se va adaptado la pincelada, utilizado en todos los cuadros de la serie el mismo paisaje. A través de esta elección lo que pongo de relieve es que plegarse a las exigencias del mercado siempre termina condicionando tu pincelada y tu libertad de expresión. En el caso concreto del cuadro Nº34, que es el cuadro de la serie que se ha incluido en la exposición, en su parte central la pincelada está sujeta a la trama de la hoja de contabilidad. De este modo, si en las piezas de De profesión: sus labores, la pincelada está sujeta a una trama que tienes que bordar, en este caso esa sujeción sería a la trama de las exigencias del mercado. Lo que ambas series comparten es la voluntad de rebelarse contra formas de opresión que sujetan y constriñen la libertad y la creatividad.

Isabel Oliver: Botes de paisajes en conserva, Botes de metal con etiquetas adhesivas en papel. 11 x 7,5 x 7,5 cm cada una. Colección particular.

Isabel Oliver: Botes de paisajes en conserva, Botes de metal con etiquetas adhesivas en papel. 11 x 7,5 x 7,5 cm cada una. Colección particular.

¿Y qué continuidades y diferencias crees que hay entre estas obras y los trabajos que realizas a partir de la década de 1990?

En realidad, cuando reviso mi obra de manera global creo que todos mis trabajos tienen una gran relación entre sí. Por ejemplo, en la serie ya mencionada de El juego, también iniciada a mediados de la década de 1970, lo que hago es criticar las reglas del juego de la sociedad española de la época, recurriendo para ello a la manipulación de cartas de la baraja española. Reglas que, entre otras cosas, impedían que las mujeres pudieran desarrollarse vital y profesionalmente en libertad. La mirada feminista siempre ha estado muy presente en mi obra. Como también lo ha estado el sentido del humor y la ironía. Y esta serie de El juego es un buen ejemplo.

Por otra parte, en obras posteriores no solo continúo con los temas y problemáticas que abordo en De profesión: sus labores y La mercantilización del arte, sino que en algunos casos desarrollo bocetos o ideas que surgen en esos años y que por diversas razones no pude llevar a cabo. Hay que tener en cuenta que durante bastante tiempo, para poder sobrevivir, prioricé mi carrera académica (soy catedrática en el área de conocimiento Pintura por la Universidad Politécnica de Valencia) sobre la artística. Además, fui madre, con todo lo que eso conlleva. La cuestión es que reduje mucho mi actividad más estrictamente creativa. Actividad que con el tiempo he podido retomar, profundizando en muchas ideas de esos años. Por ejemplo, en una serie que se llama Paisajes Pop, recupero el lenguaje del pop Art de mis inicios, llegando a representar mis paisajes en etiquetas de botes de conserva, listos para ser vendidos en supermercados.

En la serie De profesión: sus labores aparecen bastidores de bordado, y eso conecta con un recurso que he empleado mucho en mi obra, donde con frecuencia introduzco cuadros dentro de otros cuadros. Lienzos recientes ligados a esta serie, como el antes citado Yo lo que quiero es pintar (2020) o Las pintoras (2020) serían un ejemplo de eso. En este último, Las pintoras, lo que hago es recrear el lienzo de Las hilanderas de Velázquez, pero eliminando todos sus elementos textiles (la rueca, los hilos...) y transformando a las hilanderas en pintoras, un oficio que históricamente se les ha negado a las mujeres.  

Durante muchos años no pude compatibilizar hacer cuadros con la crianza y el desarrollo de mi carrera académica, por lo que, como he comentado antes, tuve que reducir mucho mi actividad creativa... Pero, por otra parte, eso me ha permitido pintar lo que quería pintar. El desarrollo de una carrera profesional en el ámbito académico me ha dado la libertad de hacerlo, por no tener que estar sujeta a las reglas y servidumbres del mercado del arte.

Isabel Oliver: Las pintoras, 2020. Técnica mixta sobre lienzo. 126 x 157. Colección particular. 

Isabel Oliver: Las pintoras, 2020. Técnica mixta sobre lienzo. 125 x 157 cm. Colección particular. 

Para cerrar la entrevista, nos gustaría que nos hablaras de tus obras en el contexto de la exposición, donde se ponen en relación obras textiles históricas y contemporáneas. En el marco de la muestra, tus dos trabajos se han incluido dentro del apartado La aguja como lápiz, que reúne obras contemporáneas que desplazan técnicas tradicionalmente vinculadas al trabajo textil hacia el territorio de la creación plástica. ¿Qué posibilidades ofrece, a tu juicio, este encuentro entre piezas de épocas y formatos tan diferentes?

La verdad es que me ha parecido una exposición muy potente e interesante, porque en ella se da cuenta de la complejidad y audacia de muchas propuestas vinculadas con el arte textil que han sido históricamente menospreciadas e infravaloradas por su condición artesanal. Y esas piezas históricas se ponen en diálogo con obras actuales que te están contando otras cosas. Estas obras son como una bocanada de modernidad que te llevas nada más entrar en la muestra. Eso me pareció un acierto.

En relación al apartado concreto de la exposición en el que se incluyen mis dos obras, La aguja como lápiz, hay algo que me gustaría subrayar. Su título creo que describe muy acertadamente la mayoría de los trabajos que contiene, donde se hace un uso de agujas, hilos y bordados con un sentido artístico... Pero en realidad, mis obras dentro de este apartado funcionan como una especie de contrapunto. Por su reivindicación de la pintura en sí, de la mujer como pintora, creo que quedarían mejor descritas bajo el título de «el pincel como aguja». Porque en ellas no hay hilo, no hay aguja... Lo que hay, y lo que se reivindica, es la pintura. Y este funcionamiento como contrapunto me gustó e hizo que me alegrara mucho estar incluida en la exposición.

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