Fernando Zóbel está presente en la Colección Banco de España con una pieza destacada de una de sus últimas series: Orillas, que siguió a la Serie blanca de finales de los años setenta, en la que comenzaba a simplificar su pintura partiendo de un regreso al género del paisaje. Orilla 33 (1981) es muy representativa del método de trabajo del último Zóbel, fino observador del territorio, en este caso del de Cuenca y sus alrededores, donde se había establecido el artista de origen filipino a raíz de la fundación por su parte del Museo de Arte Abstracto Español en 1966.
Los perfiles gastados de las hoces y la presencia cercana de los ríos Huécar y Júcar inspiraron estas imágenes veladas de márgenes fluviales, reducidas a su esencia a partir de pormenorizados estudios previos. En ese período tardío, Zóbel trazaba tramas a modo de retícula sobre un apunte del natural o incluso sobre una fotografía. En la obra final, casi a modo de resumen o de destilación de ese mecanismo de observación y reducción del paisaje a un esquema geométrico, el proceso queda reflejado en una serie de ángulos de los que parte el color de apariencia derramada, líquida, como el que domina la zona superior de la composición. Sin duda, el momento de producción de Orilla 33 es el del Zóbel más suelto, más libre frente al lienzo, capaz de contener el dramatismo de sus trabajos de las décadas anteriores en un proceso de simplificación y purificación similar al del último Manuel Millares o al de su cercano colaborador Gustavo Torner.
El poeta José Hierro explicó el modo en que trabajaba ese Zóbel final en estos términos: «Estamos en el ámbito de la pintura como “cosa mental”, en el mundo platónico de las ideas. Zóbel halla el embrión de su obra en la naturaleza. Pero necesita que esa materia bruta pierda su consistencia, su elementalidad geológica, para convertirse en un producto de la inteligencia asistida por la sensibilidad. Toda la búsqueda consiste en hallar una esencia que sea el “correlato objetivo” del paisaje visto, vuelto a ver, recorrido, soñado. Zóbel actúa con la serenidad de un químico que descompone una substancia en sus elementos simples, sus..., sus reactivos están en su mente. Despliega sus herramientas de geometría para que el paisaje sea reordenado, sometido a secretos números áureos, convertido en fantasma de sí mismo. La búsqueda de la divina proporción se manifiesta a través de reticulados de líneas horizontales y verticales, oblicuas en ocasiones, que organizan las masas doradas e inmateriales en las que definitivamente se convertirá la realidad inicial».
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