José de Toro-Zambrano y Ureta

José de Toro-Zambrano y Ureta

  • 1785
  • Óleo sobre lienzo
  • 112 x 68 cm
  • Cat. P_134
  • Encargo al autor por el Banco Nacional de San Carlos en 1784
Por:
Manuela Mena

El retrato de José de Toro-Zambrano y Ureta (Santiago de Chile, 1727 - Madrid, 1796) fue el primero pintado por Goya para el Banco de San Carlos, que siguió a las resoluciones de la Junta de gobierno del 22 de diciembre de 1784 y del 30 del mismo mes y año, cuyas actas reflejan esa determinación:

[...] en virtud del último acuerdo de la referida junta general la Dirección ha determinado mandar hacer sus retratos (de sus tres directores) con el fin de adornar con ellos las salas de sus juntas, y de conservar la memoria de sus buenos servicios, a cuyo fin se les ofrecerá la alternativa de escoger el Pintor de su satisfacción o se enviará uno de parte del Banco, que ambos casos satisfará este coste.

El retrato de otro de los directores, Gregorio Joyes, parece que no se llegó a pintar, mientras que el marqués de Matallana, el tercero de los primeros directores del Banco y después embajador en Parma, eligió para el suyo, por encontrarse en Italia, al pintor Pietro Melchiorre Ferrari. Zambrano, quien vivía, como el artista, en la calle del Desengaño de Madrid, se decantó por Goya, si bien no se sabe si por decisión propia o aconsejado por Agustín Ceán Bermúdez, oficial de la teneduría de libros del Banco y después oficial mayor de la secretaría entre 1783 y 1791, que contaba con la confianza y amistad de Gaspar Melchor de Jovellanos, ambos admiradores del artista. Ceán Bermúdez debió de pagar de su bolsillo el retrato de Zambrano, porque el Banco le reembolsó el dinero según consta en los registros de 1785: «Pagado a D.n Juan Agustín Ceán Bermúdez p.r el coste y gastos del Retrato de D.n Josef del Toro... R.on [reales de vellón] 2.328». Para esta serie de obras el Banco tuvo que elegir el formato, ya que fue el mismo para todos ellos con la figura de tres cuartos y las manos visibles. En la parte inferior —como en el retrato de Zambrano y en los otros dos que pintó Goya algo después, así como en el del marqués de Matallana, más complejo—, hay una banda a modo de antepecho fingido de piedra tras el que aparece el retratado, posiblemente destinada a una inscripción con los nombres y títulos de los representados, lo que era habitual en este tipo de obras.

José de Toro-Zambrano fue uno de los tres primeros directores de la institución, nombrado en 1783 por su excelente trayectoria comercial y sus brillantes estrategias en la materia, sobre todo en las relaciones con América, donde consiguió el libre comercio de moneda entre Callao, en Perú, y Valparaíso, en Chile, así como las rutas de los barcos que hacían ahora escala en esta ciudad de su reino para traer a España productos de ese país. Su actividad en el Banco de San Carlos determinó en 1784 su nombramiento como ministro honorario del Consejo Real de la Junta de Comercio y Moneda, y el afecto de Zambrano por España hizo que en 1785 prestara a Madrid 740 000 reales de vellón para la adquisición de trigo, si bien este era uno de los negocios más lucrativos de la época durante el período de escasez que siguió en toda Europa a la erupción en 1783 del volcán Laki en Islandia con las consiguientes olas de calor y de frío que destruyeron las cosechas. El rey le concedió en noviembre de 1785 la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III; se sabe que Zambrano se había hecho una espectacular con más de trescientos brillantes y treinta y cuatro zafiros, todo montado en oro, que no luce aún en el retrato de Goya pero que pudo añadir más tarde, según muestran las primeras fotos del cuadro, removida en una restauración antigua.

Goya siguió en el retrato de Zambrano la sencillez, claridad, precisión y estudio de la personalidad y del carácter del personaje que había iniciado en España, casi veinte años antes, Anton Raphael Mengs. La sobriedad no es, sin embargo, un obstáculo para convertir el retrato en una obra de arte magnífica y nueva. La técnica de Goya capta los aspectos externos de Zambrano, el color de su tez, la finura y elegancia de sus manos, el color profundo, de fuego, de su casaca, pero también la frialdad de sus ojos azules, que enjuician con distanciamiento a quien tiene delante, el gesto seco y tenso de la boca o la firmeza de su puño sobre el antepecho de piedra, que revela su carácter acostumbrado a imponer su opinión y a conseguir sus deseos, como cuando obtuvo del rey el título de conde de la Conquista para su hermano Mateo, su representante y socio en Chile. No en balde Zambrano fue nombrado unos años después secretario de la Inquisición.

Manuela Mena

 
Por:
Manuela Mena
Francisco de Goya y Lucientes
Fuendetodos (Zaragoza) 1746 - Burdeos 1828

El nombre que figura en los documentos del bautismo del artista, Francisco Joseph Goya, cambió en 1783 cuando incluyó en su firma el «de» que antecedía al apellido y que consagró bajo el autorretrato de los Caprichos, publicados en enero de 1799, como «Francisco de Goya y Lucientes, Pintor». Estaba en el cenit de su carrera y de su ascenso social a los 53 años, a punto de ser nombrado por los reyes primer pintor de cámara en octubre de ese año, y había ansiado desde joven recuperar en los archivos de Zaragoza los títulos de hidalguía que nunca localizó. Su carrera y reconocimiento fueron lentos. A los 13 años Goya inició su carrera en el taller de José Luzán, pero pronto, en 1762, trató de obtener una ayuda de la Real Academia de San Fernando para jóvenes de provincias; al año siguiente se presentó al Premio de Pintura de primera clase, fracasando en sus pretensiones en dos ocasiones. Después de unos años en los que probablemente residió entre Madrid y Zaragoza, tal vez en el taller de Bayeu, decidió en 1769 emprender la aventura italiana por sus propios medios, aunque tampoco lograría el Premio de la Academia de Parma en el concurso de 1771. Regresó a Zaragoza, donde debía de contar con apoyos, porque pintó ese año el fresco de la bóveda del coreto en la basílica del Pilar. Se casó en 1773 con la hermana de Francisco Bayeu. Eso fue determinante para que en 1775 llegara a Madrid, invitado por su cuñado para colaborar en el proyecto de ejecución de los cartones para tapices para los Sitios Reales, que supuso su ascenso cortesano —lento en su caso— en los años siguientes.

En 1780, a los 32 años, Goya fue elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con la presentación del Cristo en la cruz (Museo del Prado, Madrid); al mismo tiempo, el cabildo del Pilar le encargó el fresco de la cúpula de Regina Martyrum. El favor de Floridablanca en los inicios del decenio de 1780 fue además decisivo, al pintar su retrato en 1783 y recibir el encargo de uno de los cuadros para San Francisco el Grande, así como seguramente la recomendación para servir al infante don Luis y a su familia en 1783 y 1784, además de su apoyo para el encargo de los retratos de los directores del Banco de San Carlos. En 1785 Goya era teniente director de Pintura de la Academia de San Fernando y en 1786 fue nombrado finalmente pintor del rey. Al año siguiente conseguiría el mecenazgo de los duques de Osuna y poco después el de los condes de Altamira. La subida al trono en 1789 de Carlos IV supuso el nombramiento de Goya como pintor de cámara a sus 43 años. No le quedaba ya más que uno de sus hijos, Javier, de cinco años, de los seis que había tenido, y seguía pintando cartones de tapices para el rey.

Sin embargo, ese decenio iba a suponer un cambio fundamental en la vida y la actitud de Goya hacia su arte, en lo que tal vez influyó la grave enfermedad de 1793 de la que quedó sordo. Fue entonces cuando comenzó sus obras independientes, como la serie de «diversiones nacionales» que presentó en la Academia en 1794, o las series de dibujos y las consiguientes estampas de los Caprichos. Paralelamente continuó con los encargos religiosos, llenos de novedades que nadie había ejecutado hasta entonces y que se consideran incluso más revolucionarios que los de otras escenas de género, como los lienzos de la Santa Cueva de Cádiz, en 1796, o el Prendimiento de Cristo en la sacristía de la catedral de Toledo en 1798, encargo del gran cardenal Lorenzana. Alcanzó, además, la fama gracias a sus retratos, desde los reyes hasta los representantes de la más alta aristocracia, como los duques de Alba, y los personajes más interesantes de la actualidad cultural, militar y política de esos años, como Jovellanos, Urrutia, Moratín y Godoy, que culminó en 1800 con la Condesa de Chinchón y la Familia de Carlos IV (Museo del Prado, Madrid), y otros que abrieron el camino de la modernidad, como su visión de la Venus como una modelo desnuda en las Majas (Museo del Prado, Madrid).

En el nuevo siglo, la vida del artista estuvo marcada, como la del resto de los españoles, por la guerra contra Napoleón, de la que él fue uno de los más impresionantes testigos, con una visión profundamente crítica por sus reflexiones sobre la violencia, plasmadas en los Desastres de la guerra o en los lienzos del 2 y 3 de mayo de 1808, en 1814 (Museo del Prado, Madrid). Los retratos ilustraron la nueva sociedad y a los patronos aristocráticos, como el de la Marquesa de santa Cruz, la Marquesa de Villafranca pintando a su marido, o el del X duque de Osuna de 1816 (Musée Bonnat, Bayona), a los que se unieron los de la nueva burguesía, como Teresa Sureda (National Gallery, Washington D. C.) o el de su propio hijo Javier y su mujer, Gumersinda Goicoechea (colección Noailles, Francia), y el de la actriz Antonia Zárate. Antes y después de la guerra, Goya continuó con sus series de dibujos y estampas como la Tauromaquia y los Disparates, fechables en los años de la abolición de la Constitución de 1812, que culminan con las Pinturas negras en los muros de su propia casa.

La represión de Fernando VII, de quien Goya consiguió uno de los retratos más reveladores del carácter de una persona, fue seguramente la razón por la que el artista marchó a Francia en 1824, después de la llegada a Madrid de los Cien mil hijos de San Luis en mayo de ese año. Tras su estancia en la capital de Francia en julio y agosto de 1824, donde visitó el Salón de París de ese año, se estableció definitivamente en Burdeos. Sus innovaciones en esos años finales fueron muchas, como el uso de la litografía para sus nuevas estampas de los Toros de Burdeos y las miniaturas sobre marfil, con temas que aparecen también en los dibujos de esos años y que ilustran la sociedad contemporánea uniéndola a recuerdos y vivencias con su obsesión permanente por llegar al fondo de la naturaleza humana.

Manuela Mena

 
Por:
Paloma Gómez Pastor
José de Toro-Zambrano y Ureta (Santiago de Chile 1727 - Madrid 1804)

Fue el segundo hijo de Carlos Toro Zambrano Escobar y Jerónima de Ureta. Desde joven se dedicó a la actividad comercial en Santiago, con su hermano menor Mateo, que en 1810 iba a ser nombrado presidente de la primera Junta de gobierno de Chile. José llegó a hacer una pequeña fortuna, lo que motivó que fijara su residencia permanente en España para continuar con su actividad de comerciante. En Madrid, sus actividades mercantiles se concentraron en defender los intereses de la capitanía general de Chile. En 1772 el Cabildo de Santiago de Chile lo nombró procurador ante la corte de Carlos III. Por intercesión suya, en 1774 se sancionó la Real Orden que concedió el libre comercio de moneda entre los puertos de la capitanía general de Chile, beneficiando las rutas de cabotaje. También logró la concesión del permiso de parada en el puerto de Valparaíso —para carga y descarga de productos— de los navíos que anualmente viajaban de España al Callao.

En Madrid entabló amistad con personalidades como Pedro Rodríguez Campomanes. También se interesó en la búsqueda de los antecedentes genealógicos del linaje familiar de los Toro, de Fuente del Mestre en Extremadura.

En 1782 se crea el Banco Nacional de San Carlos para la amortización de los vales reales y el ejercicio de funciones de crédito. Esta entidad estuvo presidida por Francisco de Cabarrús, y José de Toro-Zambrano fue uno de sus artífices y un importante accionista. El 15 de febrero de 1783 fue nombrado director honorario bienal en representación de la nobleza. En reconocimiento por su labor al frente de esta entidad, Carlos III lo nombró ministro honorario del Consejo en la Real Junta de Comercio y Moneda. En 1785 fue condecorado con la Cruz de caballero de la Orden de Carlos III. Por esos años fue nombrado secretario del Santo Oficio de Madrid.

En 1785 realizó un préstamo al ayuntamiento de Madrid por un término de tres años para la compra de trigo, con el fin de paliar una coyuntura de malas cosechas; la corporación madrileña lo nombró regidor en 1787.

La Chancillería de Valladolid le concedió el título de hijosdalgo en 1788, y en 1789 fue reconocido como hijosdalgo de la nobleza de Madrid. Con ello satisfacía sus afanes por obtener un reconocimiento nobiliario. No se casó ni tuvo hijos, pero dedicó sus esfuerzos a la educación de sus sobrinos. Falleció en Madrid a los setenta y siete años.

Extracto de: V. Peralta Ruiz: Diccionario biográfico español, Madrid: Real Academia de la Historia, 2009-2013.

Paloma Gómez Pastor

 
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