Escena con barcos

Escena con barcos

  • c. 1964
  • Óleo sobre lienzo
  • 73 x 60 cm
  • Cat. P_314
  • Adquirida en 1985
Por:
Julián Gállego Serrano, María José Alonso, Carlos Martín

El género de la marina es, junto con el del bodegón y el del retrato, el campo más habitual de la pintura de Cossío. Desde los años veinte lo practicó con asiduidad: proliferan en su obra escenas de tempestades, marinas o bergantines, como protagonistas de unos ambientes espectrales, en los que los barcos y velámenes guardan poca relación con una visión formalista de la realidad. Es en ellos donde Cossío puede lanzarse con más libertad hacia la abstracción, mediante veladuras o empastes aplicados a pincel y espátula, que se materializan mediante ocres, blancos y grises en visiones marítimas que tienen su referente remoto en la pintura revolucionaria de Turner. Las formas curvilíneas se entrecruzan con diagonales y verticales, acusando una mayor libertad que en los bodegones hasta alcanzar un alto nivel de abstracción. A la rara habilidad con la que armoniza el color hay que añadir su preocupación por la estabilidad de los pigmentos; de hecho, el artista mezclaba tierras y óxidos para asegurar la permanencia en el tiempo de sus obras. Gaya Nuño indicó que Cossío pintaba marinas ya que «era el modo de dirigir una furia, de encauzar la vieja amargura de no haber podido ser marinero». La obra pertenece a su última etapa, mucho menos prolífica y en la que desaparece el característico moteado que define la anterior.

 
Por:
Maite Méndez Baiges
Pancho Cossío
Pinar del Río (Cuba) 1894 - Alacant/Alicante 1970

Es uno de los más destacados exponentes de la primera generación del arte nuevo español. Nació en 1894 en Pinar del Río, Cuba, en una familia de origen montañés que regresó a Cantabria en 1898, tras la independencia de la isla. En 1911 es discípulo de Francisco Rivero en Santander y a partir de 1914 estudia en Madrid bajo la tutela de Cecilio Pla y Gallardo, en cuyas clases trabó amistad con el pintor Francisco Bores, con quien viajará a París. En una exposición en el Ateneo de Santander en 1922 presentó cuadros que suscitaron críticas muy sonadas por su voluntad de innovación. Al año siguiente se traslada a París, donde reside durante algo más de una década, participa con desnudos en el Salon des Indépendants y en el Salon d’Automne y forma parte del grupo de artistas españoles de la Escuela de París. En 1925 participó en la mítica exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos que se celebró en el Palacio del Retiro (Madrid), el acontecimiento clave de la renovación del arte español de la época. Por entonces publica ilustraciones en las revistas Alfar y Litoral. Entre 1925 y 1931 firma un contrato en exclusiva con la prestigiosa Galerie de France. En París cuenta con el apoyo decisivo de la revista Cahiers d’Art por medio de la cual Christian Zervos y Tériade intentan reorientar la plástica moderna para devolverle la energía y la vitalidad que habían tenido las vanguardias en el momento anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial. Las claves del periodo parisino de Cossío se cifran en una pintura en la que la figura parece diluirse en un magma pastoso y matérico cada vez más denso. En él abundan los bodegones con objetos de filiación cubista, las veladuras y los empastes aplicados a pincel o espátula. Cossío elabora una síntesis personal del cubismo avanzado y de los ecos del retorno al orden que sacudió los círculos artísticos parisinos durante las décadas de los veinte y los treinta. En su pintura, el trasfondo cubista se detecta sobre todo en el aglutinamiento de línea, color y materia, así como en la voluntad de partir de la pintura pura para introducir paulatinamente alusiones a la realidad exterior. Este procedimiento, que compartía con Francisco Bores, y que desemboca en ambos pintores en lo que ha recibido el nombre de figuración lírica, se vio reforzado muy probablemente por el referente que suponía el método de Juan Gris. Esta variante de reinterpretación del cubismo es una especie de sedimento que marcará ya toda su pintura.

En 1932, fecha de su regreso a España, abandonó prácticamente la pintura por la política y el deporte, afiliándose a las JONS. Regresa a la práctica artística diez años más tarde con un retrato de su madre, aunque su obra nunca se podrá encuadrar en la categoría de emblema estético del nuevo régimen. A partir de los años cuarenta sigue cultivando sus géneros habituales: el bodegón, el retrato y las marinas, basculando entre espíritu innovador, a pesar de que los aires estéticos y políticos del momento no soplaran precisamente a favor de la modernidad, y su aprecio por la tradición. Ejecuta también dos monumentales pinturas religiosas en la iglesia de los carmelitas en Madrid. En esta última parte de su trayectoria artística, fabrica manualmente los colores, poniendo un especial cuidado en la propia «cocina de la pintura» mediante procedimientos tradicionales.

La antológica de su obra en 1950 en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid supone su plena consagración. En los años inmediatamente posteriores participa en la I Bienal Hispanoamericana de Arte (1951), representa a España en la Bienal de Venecia (1952) y expone sus obras en Lisboa. En 1962 recibe la Medalla de Honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En la Feria Mundial de Nueva York de 1965 se le dedica una sala, así como en la Exposición Nacional del siguiente año. Muere en Alicante en 1970.

Maite Méndez Baiges

 
 
Alfonso E. Pérez Sánchez, Julián Gállego y María José Alonso, Colección de pintura del Banco de España, Madrid, Banco de España, 1988. VV.AA., Colección Banco de España. Catálogo razonado, Madrid, Banco de España, 2019, vol. 1.