Francisco de Cabarrús y Lalanne

Francisco de Cabarrús y Lalanne

  • c. 1788
  • Óleo sobre lienzo
  • 210 x 127 cm
  • Cat. P_136
  • Encargo al autor por el Banco Nacional de San Carlos en 1786
Por:
Manuela Mena

El retrato de Francisco de Cabarrús (Bayona, 1752 - Sevilla, 1810) en sus funciones de director honorario del Banco de San Carlos —cargo que ostentó desde su fundación— fue el último de los que pintó Goya para esa institución, que colgó en la Sala Grande de Juntas Generales, tal vez pensada para la cabecera de esta por haber sido su impulsor y fundador. El artista cobró 4500 reales de vellón el 21 de abril de 1788. En 1790 el nuevo rey, Carlos IV, concedería al lúcido comerciante de origen francés, nacionalizado español en 1781, el título nobiliario de conde de Cabarrús, con el que culminaba su ascenso social, si bien pronto comenzaría un período de denuncias y persecución del que no se recuperaría por completo. Tras sus modestos inicios en Valencia, donde había llegado enviado por su padre, comerciante en Bayona, demostró su habilidad para los negocios y para moverse entre las personas de mayor influencia en la corte de los Borbones, por lo que consiguió en 1799 que el ministro de Hacienda, Manuel de Múzquiz, le encargara el avituallamiento de las tropas francesas y españolas aliadas contra Inglaterra y a favor de la independencia de los Estados Unidos. La creación del Banco de San Carlos en 1782 que siguió a la redacción de su Memoria para la formación de un Banco Nacional en 1781 y de la puesta en marcha de la Compañía de Filipinas en 1785, le unirían aún más a los círculos del poder.

El retrato presenta al gran financiero y comerciante de pie y dueño, como en la vida misma, del espacio a su alrededor, que inquieta por la penumbra velazqueña del fondo en la que Goya, tal vez, quiso expresar la envidia y los enemigos del brillante financiero. El artista hizo destacar magistralmente la impresionante figura de Cabarrús gracias al extraordinario y luminoso atuendo de seda verde y los reflejos dorados que ciñe apretadamente su voluminoso cuerpo. Con ese color, que desde antiguo fue símbolo del dinero y de la riqueza, indudablemente alude a las aptitudes del futuro conde para acrecentar su fortuna personal y engrandecer la economía de la Corona, según el pensamiento moderno que entroncaba con sus ideas francesas progresistas, las cuales le procuraron algunos enemigos poderosos. Goya supo, por otra parte, renovar en el retrato de Cabarrús el concepto de la imagen del poderoso, que hasta entonces, en España sobre todo, había estado destinada únicamente a la aristocracia.

Una nueva clase social, la burguesía, se abría camino en todos los frentes y para ella, que llegaba llena de empuje, conocimientos y decisión frente a los representantes del Antiguo Régimen, las libertades de Goya en esta obra debieron de constituir una sorpresa por su novedad. El estudio técnico del cuadro reveló que Cabarrús, en una primera idea del mismo, se apoyaba sobre el bastón de los directores del Banco con su mano derecha, único distintivo de poder a la antigua; Goya, o su modelo, decidieron suprimirlo, dejando al personaje sin condecoraciones ni símbolos y ajustándose estrictamente a la composición que Velázquez había destinado para su Pablo de Valladolid. En aquella, el bufón de la corte y también actor abría con su mano derecha la escena con un gesto propio del teatro del siglo XVII, lo que Goya utilizó aquí para subrayar el temple de su personaje. La mano izquierda de Cabarrús se introduce en la casaca, según una convención de los retratos de la época que definen así al intelectual; y él había escrito ya numerosos informes, memoriales y elogios, y expresado sus ideas en una abundante correspondencia. El financiero no tenía un pasado ilustre y parece salir aquí de la oscuridad de la historia; pero él solo se mantiene con fuerza y peso, proyectando en el suelo una sombra definitiva con la que Goya sugiere también el avance de la figura gracias al movimiento de la casaca y su pierna adelantada, como si su estampa estuviera impulsada por una fuerza centrífuga, hacia adelante, hacia un nuevo proyecto.

Como siempre, Goya es capaz aquí de revelar bajo el traje la anatomía poderosa de Cabarrús, su porte y su talla, igual que se evidencia la estructura de la cabeza y hasta el peso de sus huesos. Unos huesos que tuvieron un destino deshonroso después de su muerte en Sevilla en 1810: fue enterrado primeramente en la capilla de la Concepción de su catedral, en un panteón cercano al del conde de Floridablanca, pero al finalizar la guerra en 1814, el decreto de la Junta Central de 1809 lo declaraba reo de alta traición por haber aceptado del rey José I el Ministerio de Hacienda y se exhumaron sus huesos, que fueron a parar a la fosa común del patio de los Naranjos, destinada a los restos de los condenados a muerte.

Manuela Mena

 
Por:
Manuela Mena
Francisco de Goya y Lucientes
Fuendetodos (Zaragoza) 1746 - Burdeos 1828

El nombre que figura en los documentos del bautismo del artista, Francisco Joseph Goya, cambió en 1783 cuando incluyó en su firma el «de» que antecedía al apellido y que consagró bajo el autorretrato de los Caprichos, publicados en enero de 1799, como «Francisco de Goya y Lucientes, Pintor». Estaba en el cenit de su carrera y de su ascenso social a los 53 años, a punto de ser nombrado por los reyes primer pintor de cámara en octubre de ese año, y había ansiado desde joven recuperar en los archivos de Zaragoza los títulos de hidalguía que nunca localizó. Su carrera y reconocimiento fueron lentos. A los 13 años Goya inició su carrera en el taller de José Luzán, pero pronto, en 1762, trató de obtener una ayuda de la Real Academia de San Fernando para jóvenes de provincias; al año siguiente se presentó al Premio de Pintura de primera clase, fracasando en sus pretensiones en dos ocasiones. Después de unos años en los que probablemente residió entre Madrid y Zaragoza, tal vez en el taller de Bayeu, decidió en 1769 emprender la aventura italiana por sus propios medios, aunque tampoco lograría el Premio de la Academia de Parma en el concurso de 1771. Regresó a Zaragoza, donde debía de contar con apoyos, porque pintó ese año el fresco de la bóveda del coreto en la basílica del Pilar. Se casó en 1773 con la hermana de Francisco Bayeu. Eso fue determinante para que en 1775 llegara a Madrid, invitado por su cuñado para colaborar en el proyecto de ejecución de los cartones para tapices para los Sitios Reales, que supuso su ascenso cortesano —lento en su caso— en los años siguientes.

En 1780, a los 32 años, Goya fue elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con la presentación del Cristo en la cruz (Museo del Prado, Madrid); al mismo tiempo, el cabildo del Pilar le encargó el fresco de la cúpula de Regina Martyrum. El favor de Floridablanca en los inicios del decenio de 1780 fue además decisivo, al pintar su retrato en 1783 y recibir el encargo de uno de los cuadros para San Francisco el Grande, así como seguramente la recomendación para servir al infante don Luis y a su familia en 1783 y 1784, además de su apoyo para el encargo de los retratos de los directores del Banco de San Carlos. En 1785 Goya era teniente director de Pintura de la Academia de San Fernando y en 1786 fue nombrado finalmente pintor del rey. Al año siguiente conseguiría el mecenazgo de los duques de Osuna y poco después el de los condes de Altamira. La subida al trono en 1789 de Carlos IV supuso el nombramiento de Goya como pintor de cámara a sus 43 años. No le quedaba ya más que uno de sus hijos, Javier, de cinco años, de los seis que había tenido, y seguía pintando cartones de tapices para el rey.

Sin embargo, ese decenio iba a suponer un cambio fundamental en la vida y la actitud de Goya hacia su arte, en lo que tal vez influyó la grave enfermedad de 1793 de la que quedó sordo. Fue entonces cuando comenzó sus obras independientes, como la serie de «diversiones nacionales» que presentó en la Academia en 1794, o las series de dibujos y las consiguientes estampas de los Caprichos. Paralelamente continuó con los encargos religiosos, llenos de novedades que nadie había ejecutado hasta entonces y que se consideran incluso más revolucionarios que los de otras escenas de género, como los lienzos de la Santa Cueva de Cádiz, en 1796, o el Prendimiento de Cristo en la sacristía de la catedral de Toledo en 1798, encargo del gran cardenal Lorenzana. Alcanzó, además, la fama gracias a sus retratos, desde los reyes hasta los representantes de la más alta aristocracia, como los duques de Alba, y los personajes más interesantes de la actualidad cultural, militar y política de esos años, como Jovellanos, Urrutia, Moratín y Godoy, que culminó en 1800 con la Condesa de Chinchón y la Familia de Carlos IV (Museo del Prado, Madrid), y otros que abrieron el camino de la modernidad, como su visión de la Venus como una modelo desnuda en las Majas (Museo del Prado, Madrid).

En el nuevo siglo, la vida del artista estuvo marcada, como la del resto de los españoles, por la guerra contra Napoleón, de la que él fue uno de los más impresionantes testigos, con una visión profundamente crítica por sus reflexiones sobre la violencia, plasmadas en los Desastres de la guerra o en los lienzos del 2 y 3 de mayo de 1808, en 1814 (Museo del Prado, Madrid). Los retratos ilustraron la nueva sociedad y a los patronos aristocráticos, como el de la Marquesa de santa Cruz, la Marquesa de Villafranca pintando a su marido, o el del X duque de Osuna de 1816 (Musée Bonnat, Bayona), a los que se unieron los de la nueva burguesía, como Teresa Sureda (National Gallery, Washington D. C.) o el de su propio hijo Javier y su mujer, Gumersinda Goicoechea (colección Noailles, Francia), y el de la actriz Antonia Zárate. Antes y después de la guerra, Goya continuó con sus series de dibujos y estampas como la Tauromaquia y los Disparates, fechables en los años de la abolición de la Constitución de 1812, que culminan con las Pinturas negras en los muros de su propia casa.

La represión de Fernando VII, de quien Goya consiguió uno de los retratos más reveladores del carácter de una persona, fue seguramente la razón por la que el artista marchó a Francia en 1824, después de la llegada a Madrid de los Cien mil hijos de San Luis en mayo de ese año. Tras su estancia en la capital de Francia en julio y agosto de 1824, donde visitó el Salón de París de ese año, se estableció definitivamente en Burdeos. Sus innovaciones en esos años finales fueron muchas, como el uso de la litografía para sus nuevas estampas de los Toros de Burdeos y las miniaturas sobre marfil, con temas que aparecen también en los dibujos de esos años y que ilustran la sociedad contemporánea uniéndola a recuerdos y vivencias con su obsesión permanente por llegar al fondo de la naturaleza humana.

Manuela Mena

 
Por:
Paloma Gómez Pastor
Francisco Cabarrús y Lalanne (Bayona 1752 - Sevilla 1810)

La personalidad histórica de Cabarrús destacó durante los reinados de Carlos III y Carlos IV como uno de los escritores especializados en cuestiones de política económica en la segunda generación de los ilustrados españoles, y como proyectista financiero, por la creación de los vales reales en 1780, en plena guerra contra los ingleses, y por la creación del Banco Nacional de San Carlos, primera entidad con capacidad de emisión de billetes en España. En 1790 perdió su influencia política y social. Fue rehabilitado por Godoy después de años de graves dificultades que nunca se aclararon definitivamente, entre ellas procesamiento y cárcel.

Nació en Bayona en 1752, de familia de comerciantes y marinos originaria de Navarra. En 1771 viajó a Valencia para adiestrarse en la práctica comercial española en la casa de Antonio Galavert. Poco tiempo después, contrajo matrimonio secreto con su hija María Antonia, de catorce años, con la oposición de ambas familias. Tuvieron una hija, Teresa, y dos hijos varones.

En 1773 se traslada a Carabanchel de Arriba, un pueblo cercano a Madrid, donde Pierre Galavert, un familiar de su esposa, poseía una fábrica de jabón. Se sabe que pronto emprendió negocios, desde 1775 al menos con la casa de la Viuda de Lalanne e Hijos, consistentes en giros de letras y exportación de monedas de plata. Se asoció con Jean Aguirre, comerciante de lanas y cajero del Canal Imperial de Aragón; entre otros negocios llevaron a cabo actividades de exportación de lanas a Francia e Inglaterra. También se asoció con la casa Le Couteulx, una de las más importantes de las que participaban en el comercio entre Cádiz, Ruan y París.

Al mismo tiempo que prosperaba como comerciante y banquero, se introdujo en uno de los principales círculos de poder, el de los ilustrados. Ingresó en la Sociedad Económica Matritense en 1776; en la tertulia que se reunía en casa de Pedro Rodríguez de Campomanes, conoció a Jovellanos, con quien nació una relación de amistad que mantuvo hasta los años de la Guerra de la Independencia. Cabarrús poseía una cultura muy superior a la habitual en los comerciantes y banqueros de su época y se esforzaba por pasar del ámbito meramente comercial al de la élite ideológica y política.

En 1779, España y Francia se enfrentaron a Inglaterra, con motivo de la guerra de la independencia norteamericana. El Gobierno pronto se encontró con la necesidad de cubrir los gastos bélicos. Además, el bloqueo naval británico había disminuido las remesas de Indias, por lo cual el efectivo que circulaba en España había menguado sensiblemente. Es entonces cuando Cabarrús concibe la idea de los vales reales —un híbrido de deuda pública y de papel moneda— y convence al conde de Gausa, entonces ministro de Hacienda, de su emisión con una triple finalidad: allegar recursos para la Hacienda, servir al público de medios de pago —al menos en intercambios de cierta importancia— y proporcionar a sus propietarios un interés suficientemente atractivo, del cuatro por ciento anual. En el reinado de Carlos III se realizaron tres emisiones (1780, 1781 y 1782). Gracias a su capacidad de iniciativa y convicción logró involucrar en dicha operación a algunos relevantes intermediarios, en su mayor parte franceses con casas de comercio abiertas en Madrid y Cádiz.

La incertidumbre de los resultados de la guerra deterioró la cotización de los vales reales a finales de 1782. En junio de ese mismo año, ya se había creado el Banco Nacional de San Carlos. El banco fue el resultado del empeño personal de Cabarrús por erigir un instituto oficial de crédito en forma de sociedad por acciones, entre cuyas funciones se encontraba la emisión de billetes, la anticipación de recursos al Estado —principalmente con la administración de provisiones al Ejército—, el crédito para los gastos de la monarquía en el extranjero, y el descuento y la negociación de letras con particulares; un objeto adicional era la financiación de proyectos de obras públicas, pero el principal era el pago en plata de los vales reales. En 1784 le fue concedido al Banco de San de Carlos el monopolio de la extracción de la plata, que proporcionó sustanciosos beneficios a esta institución, y en 1785 consiguió otro proyecto financiero: la creación de la Compañía de Filipinas, en la que el Banco de San Carlos hizo una importante inversión. Ambos proyectos eran contradictorios con el liberalismo económico que defendía. En la década de 1780 a 1790, Cabarrús debió de convertirse en uno de los sujetos con mayor influencia social y económica en Madrid, fuera del círculo de la grandeza de España, pero también comenzó a gestarse su impopularidad. Diversos contratiempos se combinaron para anular su éxito.

En 1789, después de la muerte de Carlos III, el ministro de Hacienda Lerena, enemigo personal de Cabarrús, instigó a los accionistas a convocar una junta extraordinaria para examinar su gestión. Cabarrús fue destituido junto con los restantes directores del banco, y poco después encarcelado por un remoto delito de contrabando de metálico, supuestamente cometido en sus años jóvenes.

Las circunstancias políticas habían cambiado con la sucesión de Carlos IV y con la conmoción que significó la Revolución en Francia, situación que los enemigos de la tendencia ilustrada trataron de aprovechar. Cabarrús perdió apoyos en la corte, y el proceso en la jurisdicción civil siguió su curso. Estuvo cinco años en prisión sin que llegara a celebrarse juicio. En 1795 fue puesto en libertad y rehabilitado como director nato del Banco Nacional de San Carlos, después de que los magistrados constataran defectos procesales y de que el nuevo ministro de Hacienda —Diego de Gardoqui— retirara los cargos contra él. Este cambio de situación coincide con el final de la guerra contra la Convención francesa y la orientación dada por Godoy a la política interna, más proclive a los ilustrados.

Godoy cayó temporalmente en desgracia, pero cuando recobró el poder —apoyado por el partido más reaccionario—, destituyó y encarceló a los ministros ilustrados. Cabarrús fue desterrado a Burgos. Entre 1801 y 1807 permaneció en Barcelona dedicado a varios proyectos industriales. Al producirse el levantamiento popular contra los ejércitos franceses en 1808, se reencontró con Jovellanos en Zaragoza. Cabarrús declaró su apoyo a la causa legitimista; sin embargo, pocos días después fue víctima de un grupo de insurrectos por su origen francés o por su notorio antitradicionalismo. Al parecer, ese hecho fue decisivo para que modificara su postura, adhiriéndose a la causa de José Bonaparte, quien lo nombró ministro de Hacienda en julio de ese mismo año. En el desempeño de ese cargo, murió en Sevilla en 1810.

Extracto de: P. Tedde de Lorca: Diccionario biográfico español, Madrid: Real Academia de la Historia, 2009-2013.

Paloma Gómez Pastor

 
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